En Chile no quieren derrotar la pandemia, quieren derrotar al pueblo

por | 20/04/2020

Según la estrategia del Gobierno, eventualmente, todos estaremos contagiados. Esto durará 3 ó 4 años, caminando a ciegas sobre la delgada línea del colapso del sistema hospitalario. Entonces, según ellos, debemos asumir la realidad de que la clase trabajadora debe exponerse para seguir haciendo más ricos a los ricos, y el pueblo aislarse socialmente. Una estrategia criminal del gobierno, que utiliza el virus contra el pueblo, generando repudio popular.

La estrategia del Ministro

El Ministro de salud de Piñera, Jaime Mañalich, ha causado revuelo mundial por sus escandalosas declaraciones. No sólo aseguró que el virus podía convertirse en “buena persona”, sino contabilizó a la gente fallecida como “recuperados” porque “no son una fuente de contagio”.

Un reciente artículo de CIPER (“COVID-19: Chile no está aplanando la curva, la perdimos de vista”, 16.04.20) plantea que, en el mundo, han habido en lo fundamental dos estrategias: la Estrategia A consiste en realizar testeos masivos y así decretar cuarentenas locales y dinámicas, sobre la base de saber quiénes están contagiados y seguir la curva de crecimiento; la Estrategia B consiste en decretar cuarentena total, debido a la incapacidad de realizar testeos y desconocer la real magnitud de contagiados. Chile estaría siguiendo la Estrategia A, con una salvedad: no se realizan test masivos. Esto es, se realizan cuarentenas locales sin saber realmente si acaso la cantidad de contagiados y el crecimiento de la curva se acerca siquiera a la cifra real. A partir de esto, CIPER concluye que “estamos ciegos” y que “perdimos de vista la curva” hacia fines de Marzo. Es claro que ninguna estrategia podría funcionar si desconoce los datos reales.

Mañalich, durante la última semana, ha profundizado sus dichos y explicitado su estrategia.

Caminando a ciegas sobre la delgada línea del colapso hospitalario

En entrevista con T13 (02.04.20), Mañalich afirmó que “El esfuerzo no es que nadie se contagie, sino que la mayor cantidad de gente se contagie de una manera lenta para que no ocurra un momento en que hay tantas personas enfermas que el sistema sanitario no pueda sacarla adelante. Esa es la línea que tenemos que ir siguiendo”. Así de horroroso. Exactamente en el momento que, según CIPER, se habría perdido de vista la curva de crecimiento real por la falta de test masivos, y con una falta crónica de insumos médicos básicos, desde mascarillas a ventiladores mecánicos, Mañalich declaró que su intención es que el sistema sanitario no colapse. Pero no sabe cuántos contagiados hay. El citado artículo concluye que la única manera de comprobar si acaso este plan funciona o no es… con el colapso del sistema sanitario, y caer en la situación de Italia, España o la ciudad de Nueva York.

Mañalich, el administrador de la muerte

En entrevista con ADN (15.04.20), Mañalich fue aún más allá y confirmó que no tiene ninguna intención de derrotar al virus. Pero no sólo eso, sino siquiera contenerlo. Afirmó que “El destino de esto es que toda la población mundial se infecte (sic), no hay ninguna manera de evitarlo a menos que exista una vacuna”. Este proceso de contagio de toda la población mundial, caminando a ciegas sobre la línea del colapso sanitario, según sus estimaciones, es un “un balance muy complicado que cuidar (…) cómo lograr que el máximo de población en un periodo de 3-4 años – lo que dure esta pandemia – se haga inmune a la enfermedad, produciendo el menor sufrimiento desde el punto de vista de mortalidad y hospitalización posible”. Pretende enlentecer el proceso de contagio, en un período que duraría 3 o 4 años.

Para esto, claramente, la población tendría que someterse a sus planes e irse enfermando paulatinamente, mientras Piñera termina su Gobierno en paz, con el conjunto de la clase trabajadora soportando la posibilidad de un contagio inevitable y el pueblo en aislamiento para evitar la rapidez de la propagación, pero no así el contagio, que también sería inevitable. Llama la atención que, para ostentar el título de profesional de la salud, no deposite la más mínima confianza en que la ciencia pueda lograr una vacuna en ese período, además.

Así, entonces, Mañalich se erige a sí mismo como el administrador de los contagios: “Tenemos que administrar la pandemia, dentro de lo difícil que resulte esa palabra, para lograr que no haya ningún momento – como sí ha ocurrido en Italia, como sí ha ocurrido en Nueva York, como si ha ocurrido en España – en que el número de contagios es de tal magnitud diario que genera una demanda en el sistema hospitalario que el sistema hospitalario no pueda resistir”. Esto es, claramente, exponer la estrategia real del Gobierno: no vamos a derrotar a la pandemia, vamos a doblegar al pueblo y deberán obedecer.

“Quédense en sus casas”… pero los trabajadores sigan produciendo o los despedimos sin ni uno

Así como la estrategia del Gobierno se basa en el desconocimiento real del número de casos, el hegemónico discurso de aislamiento social, irradiado desde el régimen y publicitado por todos los medios, se basa en el desconocimiento consciente de que al menos la mitad del país sigue saliendo a la calle todos los días, siendo el principal foco de contagios y potenciales fuentes de propagación a sus familias. En lo fundamental, el aparato productivo y las grandes empresas han seguido funcionando. Piñera, la derecha y la (inexistente) “oposición” han aprovechado la crisis para aprobar un conjunto de leyes que, básicamente, aseguran la continuidad de las ganancias de los empresarios y la desprotección del pueblo trabajador, asegurando despidos impunes y represión a quien no obedezca.

¿Quiénes son esas personas que trabajan?

Esa verdadera “atmósfera” tóxica de aislamiento y el discurso imperante hacen parecer que “los trabajadores” sólo son los que reparten comida y productos (delivery) y los recolectores de basura, y que en la calle no habría nadie más que ellos y “los porfiados”. En perspectiva, toda la población que se mantiene en sus hogares terminaría viendo como “enemigos” a quienes salen a la calle. Un verdadero adoctrinamiento de masas anti-trabajador. Pero -¡de nuevo!- las cifras reales son otras.

En Chile hay 11 millones de trabajadores, casi la mitad de los cuales son mujeres. Dos tercios tienen menos de 46 años y un 42% menos de 36. Un tercio de esa cantidad trabaja a cuenta propia. De los otros dos tercios, asalariados, menos de la mitad lo hace en trabajos productivos de bienes y servicios (industria, construcción, transporte, salud, educación). Un 8% lo hace en extracción de recursos naturales y un 1,7% en minería, la verdadera renta del país. El otro porcentaje en trabajos como comercio, finanzas o servicios sociales. Del total de asalariados, al menos 6 millones tienen trabajos precarios. Es decir, son despedidos y contratados constantemente. Alrededor de 400.000 son profesoras, profesores y asistentes de la educación de todos los niveles y sistemas educativos, de los cuales unos 240.000 son de parvularia, básica y media. Más del 70% son mujeres. Los afiliados al Colegio de Profesores no llegan a un tercio de esa cifra. Casi medio millón son técnicos y profesionales de la salud, más de la mitad de los cuales tiene menos de 34 años, y más del 80% son mujeres. Además, un millón y medio de personas está jubilada por AFP, dos tercios de los cuales son mujeres, viviendo en condiciones miserables. (Cenda, Agosto 2019).

De todo este total, entre un 15 y un 20% estaría trabajando bajo la modalidad de teletrabajo, especialmente en educación, administración, finanzas, Recursos Humanos, marketing, comunicaciones, call centers y soporte.

A la cifra total, además, habría que restarle los despedidos, que sólo en marzo llegaron a 300.000 (df.cl 16.04.20). Además, habría que restar a los trabajadores a cuenta propia, que han perdido masivamente la posibilidad de obtener recursos.

Esto es, casi 8 millones de trabajadores aún sigue saliendo a la calle, exponiéndose contra su voluntad al transporte público, al confinamiento dentro del lugar de trabajo y a la eventualidad de contagiar a sus seres queridos. La otra opción es aislarse y morir de hambre viendo a Lavín en los matinales. Si le sumamos a “los porfiados”, esto es, gente que por diversidad de motivos no guarda aislamiento, tenemos que casi la mitad del país aún sale a la calle.

El discurso del aislamiento es una farsa.

La cuarentena total es inútil

Mañalich y Piñera no quieren imponer la cuarentena total porque implicaría detener el aparato productivo, y eso significaría dejar de ganar. Le respondió a los alcaldes que “no saben el daño” que produciría tal medida. El frenteamplista Jorge Sharp, por cierto, es uno de los más férreos defensores de esta propuesta, la cual implica el mando militar y policial en las calles.

Pero la cuarentena total no sirve por otro motivo: porque el aislamiento social condena al pueblo a la impotencia, a la atomización total, hasta el individuo mismo, dejando totalmente la iniciativa en manos de los administradores de la muerte. La lucha contra la herencia de la dictadura y por la caída de Piñera, iniciada el 18 de Octubre pasado y protagonizada por el 96% del país, debería ser olvidada -según las estimaciones de Mañalich- hasta dentro de unos 3 o 4 años.

Cómo combatir a la pandemia

Los trabajadores de todas las industrias “esenciales”, al día de hoy, deben seguir yendo al trabajo porque o sino son despedidos sin sueldo, y gastando lo poco que tienen en sus seguros de cesantía. En el mejor de los casos, afirma el Gobierno, porque o sino todo el país moriría de hambre.

Pero a nivel mundial la clase trabajadora ha dado muestras de cómo combatir realmente a la pandemia, con sus propios métodos y políticas, que van mucho más allá de las dos Estrategias presentadas por CIPER, que son verdaderamente pasivas y dejan la iniciativa al régimen.

A fines de marzo se hizo público el temor del régimen italiano sobre la posibilidad de un “estallido social” debido a los saqueos por hambre, que se estaban produciendo sobre todo en el empobrecido sur del país, bajo el grito de “tenemos hambre” y llamados a la Rebelión.

A mediados de Abril, en EEUU, al menos 95 huelgas se estaban produciendo por motivo del COVID-19, protagonizadas por trabajadores de logística, comida rápida, salud e industria, ya sea por licencias o por implementos de seguridad. Las trabajadoras de la salud de Nueva York, primera línea a nivel mundial en el combate a la pandemia, llamaron a estatizar todo el sistema de salud y ponerlo bajo control de sus propios trabajadores, al tiempo de reconvertir las industrias hacia insumos tales como ventiladores y equipos de protección personal.

En Argentina, las fábricas bajo control de sus trabajadores, Madygraf y Zanón (FaSinPat) han reconvertido ya parte de su producción para la elaboración de insumos.

El pasado 13 de Abril, los trabajadores de un local de McDonald’s, en Marsella (Francia) se tomaron parte de las instalaciones para repartir la comida en los barrios, para espanto de la patronal y los dirigentes sindicales.

Esa es la única manera realista, la única salida concreta al desastre planetario al que nos arrastraron los gobiernos de los empresarios. Los trabajadores no estamos sólo para llenarles los bolsillos a los ricos mientras el pueblo se enferma y muere en aislamiento y disciplina policial. Los trabajadores somos quienes combatimos al virus en los hospitales, en los lugares de trabajo donde se producen insumos, en los lugares de acceso público donde haya que tomar medidas sanitarias.

Vuelve a actualizarse, una vez más, el histórico grito de guerra de Rosa Luxemburgo: Socialismo o Barbarie.

Fuente: La Izquierda Diario

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